Sor Angela conmigo ha hecho el milagro de devolverme a la vida por segunda vez

Carmona (Sevilla) a 26 de Abril del 2013

Si soy sincero, este testimonio no sé por dónde empezarlo. Quizá lo más sencillo seria decir que yo nací en Madrid y allí viví toda mi vida y que aunque cristiano y criado en la religión católica, ni era practicante y casi ni creyente por todas las malas experiencias que he tenido a lo largo de mi vida. Ni que decir tiene que ni tenía idea de la existencia de Santa Angela ni de las Hermanas de la Cruz.

Tenía una vida acomodada pero vacía, llena de lujos, pero en la que ninguno me aportaba nada y siempre me he encontraba perdido.

Llegue a Sevilla hace casi cinco años cuando conocí a la que ahora es mi mujer. Venia de Madrid con una adicción a las drogas, en la que caí por malas vivencias con mi anterior pareja y que, por más que intente en un sitio y en otro, me era imposible dejarla. Acudí a
terapia en Proyecto Hombre acompañado de mi tita Heleni, que fue quien más lucho para que lo dejara y que jamás falto a las citas, sufriendo cada día por día por mí, aguantándome para que no decayera, sin darme cuenta de todo el daño que les estaba causando; allí tomaba una medicación fortísima que me dejaba atontado; lo
intente por mí mismo, estuve yendo a psicólogos y psiquiatras; en Sevilla fui por unas semanas a Narcóticos Anónimos, obteniendo el mismo resultado y no conseguía dejarla, hasta el punto de que termine por no hablar con toda mi familia, dándome por perdido mi tía Helena y perdiéndome el estar con mis otros tíos y primos con los que había crecido y a quien tanto quería, de lo cual me arrepiento profundamente.

Estuvimos viviendo un tiempo en un barrio de Sevilla capital, pero por motivos de depresión de ella y económicos en general, terminamos recalando en Carmona. Allí la vida nos seguía poniendo a prueba.

Ninguno de los dos teníamos trabajo, la crisis nos hundía y eso solohacia empeorar mi adicción. Ya nos vimos tan acorralados que acabamos cayendo en un mundo asqueroso llamado prostitución en el que entramos aun sin saber por qué ni cuándo. Fue una experiencia fatal para nosotros, acabamos destruidos como personas. De ese mundo conseguimos salir al poco tiempo. Yo aún seguía inmerso en el mundo de la droga
y con la fe perdida en Dios y en la Humanidad.

Aunque llevaba un tiempo viviendo en Carmona, apenas conocía sus calles. Una noche en la que estaba desesperado en casa, pensando en volver a ese mundo para poder sobrevivir y en la que una vez más sentía la llamada de la droga, salí a la calle yo solo, sin rumbo
ninguno, callejeando por sitios que no conocía y buscando un “no sé qué” como un perro de caza que me llevaba por todo el pueblo.

Conforme iba avanzando hacia el centro de la cuidad, mi corazón latía más y más fuerte, hasta que algo me hizo parar en seco y mirar hacia arriba. Allí estaba ella, en la penumbra de la noche, solitaria en la plaza sin otra compañía que la mía. Estaba ante la
estatua de Santa Angela, a la que no conocía, pero que me había llamado hasta ese lugar.

Me quede largo rato allí en pie, mirándola y hablando con ella en silencio. Me sentí calmado, aliviado y sin la necesidad de probar la maldita droga. Volví a casa y estuve el resto de la noche tranquilo.

Esto se repitió varios días en los cuales ni tenía el fatal síndrome de abstinencia ni pensaba en ese mundo de corrupción en el que por desgracia caímos. Por medio de mi esposa me entere de quien era aquella “monjita” que me llamaba todos los días y tiempo
después conocí que aquí en Carmona existía un convento de las Hermanas de la Cruz.

Me diriji una tarde hacia el convento, deseando poder contar mi experiencia a las hermanas de esa congregación que allí se encontraban. Me recibieron con los brazos abiertos y se tomaron mi experiencia con naturalidad, sin sorprenderse, porque sabían que Dios había obrado por mano de Sor Angela para que abandonara ese mundo que me estaba destruyendo como persona día a día. Entre a la capilla y sentí paz, notaba como la imagen de Santa Angela que acompañaba el altar me miraba y yo solo tenía palabras para dar las gracias. Antes de marcharnos, una de las hermanas nos dio unas reliquias del hábito de la Madre y una botellita de aceite de la lámpara que ilumina la tumba
de Ella. Las reliquias las llevaba siempre encima y sentía como mi Fe volvía a crecer, tanto en Dios como en la Iglesia. Pase muchas tardes allí sentado en la capilla del convento, simplemente mirando a aquella mujer a la que le debía la vida, bien solo o bien acompañado de las demás hermanas. Sor Angela había curado mi cuerpo y mi alma,
algo que había intentado muchísimas veces sin éxito. Aliviado de haber dejado esa carga, llame a mi familia con la que no me hablaba hacía tiempo y les inundo la alegría al recibir la noticia y con un poco de incredulidad de como se había desarrollado todo.

Mi vida continuaba día a día, luchando con la crisis pero feliz de haberme curado gracias a Sor Angela. Por desgracia, no hace mucho recibí la noticia de que mi abuela, que me había criado como mi madre, estaba muy enferma. Fuimos mi mujer y yo a Madrid a verla por
última vez, a despedirme de ella porque sabían que no iba a durar muchos días más. Tenía una espantosa agonía desde hacía unos meses a la que no encontraban alivio. Yo llevaba en el equipaje las reliquias de Santa Angela y la botellita de aceite. Se las coloque en
su mesita y deje el aceite allí. La chica que la cuidaba al ver que tenía una tos horrible que la estaba asfixiando, le ungió la garganta con el aceite y la tos se le calmo. Esa noche ceno y descanso tranquila. Tuvo unos días de mejoría y alivio y allí seguía Sor Angela presidiendo su mesita. Llego el domingo y tuve que volver a Sevilla.

A los pocos días de mi regreso, mi abuelita seguía agonizando y la familia pidiendo para que Dios se la llevara y acabara con su sufrimiento. Una vez más, la chica que la cuidaba uso el aceite, pero esta vez se lo puso por todo el cuerpo y casi terminando de ponerle el
aceite, mi abuelita por fin descanso. Sor Angela había acabado con su agonía y se la llevo con ella. Parece como si hubiera estado esperando a despedirse de mí y a que le llevara el aceite que tantola alivio.

Desde aquí solo tengo palabras para agradecer todo lo que la Madre ha hecho por mí. Me curo el cuerpo, la mente y el alma; me saco del mundo en el que había caído, volví a creer y mi abuelita encontró la paz y el descanso que tanto pedíamos para ella. No me da vergüenza alguna contarlo y que me tomen por loco, pero desde aquí quiero decir que Sor Angela conmigo ha hecho el milagro de devolverme a la vida por segunda vez, a una vida en la que todo lo anterior ha dejado de existir.

¡¡¡GRACIAS SANTA ANGELA Y HERMANAS DE LA CRUZ POR TODO!!!

Fdo: Antonio Huidobro de Gregorio.

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